La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¿Qué estará haciendo Eva ahora? —preguntó St. Clare—; quiero verlo.
Y acercándose de puntillas, levantó una cortina que cubrÃa la puerta de cristal para mirar dentro. Un momento después, poniendo un dedo ante los labios, hizo un gesto silencioso a la señorita Ophelia para que fuese a mirar también. Ahà estaban las dos niñas sentadas en el suelo con el perfil vuelto hacia ellos: Topsy, con su habitual actitud de burla desenfadada, y, frente a ella, Eva, con el semblante ferviente de sentimiento y los ojos llenos de lágrimas.
—¿Qué te hacer ser tan mala, Topsy? ¿Por qué no intentas ser buena? ¿No amas a nadie, Topsy?
—No sé nada del amor; amo los caramelos y las chucherÃas, nada más —dijo Topsy.
—¿Pero amarás a tu padre y a tu madre?
—Nunca los he tenido, ya lo sabe. Ya se lo dije, señorita Eva.
—Ya lo sé —dijo Eva, triste—, pero ¿no has tenido un hermano o una hermana o una tÃa o…?
—No, nada de eso; nunca he tenido nada ni a nadie.
—Pero Topsy, si intentaras ser buena, podrÃas…
—Nunca puedo ser nada más que una negra, por buena que sea —dijo Topsy—. Si pudieran despellejarme y convertirme en blanca, entonces lo intentarÃa.
—Pero la gente puede quererte, aunque seas negra, Topsy. La señorita Ophelia te querrÃa si fueras buena.