La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom Topsy soltó la carcajada breve y directa con la que tenÃa la costumbre de expresar incredulidad.
—¿No te lo crees? —preguntó Eva.
—No; ella no puede soportarme ¡porque soy negra! ¡PreferirÃa que la tocase un sapo! ¡No hay nadie que pueda amar a los negros y los negros no podemos hacer nada! ¡A mà no me importa! —dijo Topsy, poniéndose a silbar.
—¡Ay, Topsy, pobrecita, yo te quiero! —dijo Eva con un súbito estallido de emoción, poniendo su delgada manita en el hombro de Topsy—; yo te quiero porque no has tenido padre, madre ni amigos, ¡porque has sido una niña pobre y maltratada! Yo te quiero y quiero que seas buena. Estoy muy enferma, Topsy, y no creo que vaya a vivir mucho tiempo; y me apena muchÃsimo que seas tan traviesa. Quisiera que intentaras ser buena por mÃ; me quedaré poco tiempo contigo.
Los agudos ojos negros de la niña negra se llenaron de lágrimas; grandes gotas brillantes fueron cayendo, una tras otra, para ir a parar sobre la pequeña mano blanca. ¡SÃ, en ese momento, un rayo de verdadera fe, un rayo de amor divino habÃa penetrado la oscuridad de su alma pagana! Bajó la cabeza entre las rodillas y lloró y sollozó, mientras la hermosa niña, agachada sobre ella, parecÃa el cuadro de un ángel reluciente que se inclinaba para salvar a un pecador.