La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Puedes estar segura de que cualquier niño lo sabe —dijo St. Clare—; no se les puede ocultar eso. Pero yo creo que todos los esfuerzos del mundo por beneficiar a un niño y todos los bienes materiales que puedas darle nunca suscitarán un sentimiento de gratitud mientras persista esa sensación de repugnancia en el corazón; es una cosa curiosa, pero es asÃ.
—No sé cómo voy a remediarlo —dijo la señorita Ophelia—; me resultan desagradables, sobre todo esta niña; ¿cómo puedo evitar sentirme as�
—Parece que Eva lo hace.
—¡Pero ella es tan cariñosa! Aunque, después de todo, sólo se parece a Jesucristo —dijo la señorita Ophelia—. Quisiera parecerme a ella. Puede enseñarme una lección.
—Si fuera asÃ, no serÃa la primera vez que un niño enseñara a un discÃpulo mayor —dijo St. Clare.