La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Topsy, que estaba de pie de mal humor con la cabeza gacha, se acercó a ella y le ofreció las flores. Hizo esto con un aire de vacilación y timidez, muy diferente del descaro y la audacia que antes le fueran habituales.
—¡Es un ramo precioso! —dijo Eva al verlo.
Era un ramo bastante singular: un geranio de brillante color escarlata y una sola camelia blanca, con sus hojas satinadas. Estaba preparado con claro gusto en cuanto al contraste de colores, y la posición de cada hoja había sido cuidadosamente estudiada.
Topsy parecía contenta cuando Eva dijo:
—Topsy, arreglas muy bien las flores. Toma —dijo— este jarrón que no tiene flores. Me gustaría que me preparases un ramo para él todos los días.
—¡Qué raro! —dijo Marie—. ¡Ya me dirás para qué quieres algo así!
—No importa, mamá; a ti te da igual que lo haga Topsy, ¿verdad?
—Por supuesto, lo que tú quieras, querida. Topsy, ya has oído a tu joven ama; a ver si le haces caso.
Topsy hizo una pequeña reverencia y bajó la mirada; y al darse la vuelta, Eva vio deslizarse una lágrima por su negra mejilla.
—Verás, mamá, yo sabía que Topsy quería hacer algo por mí —dijo Eva a su madre.