La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Aún quedaban flores sobre las repisas, todas blancas, delicadas y fragantes, con elegantes y lánguidas hojas. En la mesita de Eva, cubierta por un tapete blanco, estaba su jarrón favorito con una sola rosa musgosa de color blanco. Rosa y Adolph habían ordenado una y otra vez la caída de las tapicerías y los pliegues de las cortinas con el refinamiento de detalle que caracteriza a su raza. Incluso en este momento, mientras St. Clare estaba de pie pensando, la pequeña Rosa se deslizó suavemente dentro de la habitación con una cesta de flores blancas. Se apartó un poco cuando vio a St. Clare, deteniéndose respetuosamente; pero, al darse cuenta de que él no la veía, se adelantó para disponer las flores en torno a la difunta. St. Clare, como entre sueños, la vio poner en las pequeñas manos un hermoso jazmín y dispersar otras flores, con un gusto exquisito, alrededor de la cama.
La puerta se abrió de nuevo y apareció Topsy con los ojos hinchados del llanto y sujetando alguna cosa bajo el delantal. Rosa le hizo un gesto rápido de prohibición, pero ella se adentró en la habitación.
—¡Debes irte —dijo Rosa, con un susurro penetrante y desabrido—, no tienes nada que hacer aquí!
—¡Oh, déjame, por favor! Le he traído una flor tan bonita —dijo Topsy, levantando una rosa de té a medio abrir—. ¡Por favor, déjame poner sólo ésta!
—¡Vete! —dijo Rosa con mayor decisión.