La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Eso pensaba St. Clare mientras la miraba de pie con los brazos cruzados. ¡Ay! ¿Quién puede decir lo que pensaba? Porque desde el momento en que dijeron las voces en el cuarto de la moribunda «se ha ido», todo era una neblina melancólica, una pesada «angustia oscura». Oía voces a su alrededor; le hacían preguntas que él contestaba; le preguntaban dónde quería que se celebrase el funeral y dónde debían enterrarla; y él contestaba, impaciente, que no le importaba.
Adolph y Rosa habían arreglado la habitación; aunque veleidosos, frívolos e infantiles, eran también sentimentales y compasivos; mientras que la señorita Ophelia presidía los detalles generales del orden y del aseo, fueron las manos de ellos las que aportaron los toques tiernos y poéticos que erradicaron del cuarto mortuorio ese aire melancólico y sombrío que caracteriza con demasiada frecuencia los funerales de Nueva Inglaterra.