La Cabaña del tío Tom

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Capítulo XXVII

«Esto es lo último de la Tierra[44]»

En el cuarto de Eva se envolvieron con paños blancos las estatuillas y los cuadros, no se oía nada más que respiración contenida y pisadas apagadas y la luz se filtraba con solemnidad a través de las ventanas parcialmente cegadas por las persianas.

La cama fue tapizada de blanco y allí, bajo la figura inclinada del ángel, yacía un pequeño cuerpo, dormido para no despertarse más.

Ahí yacía, vestida con uno de los sencillos vestidos blancos que solía llevar en vida; la luz rosácea que se irradiaba a través de las cortinas daba un tinte cálido al frío glacial de la muerte. Las pesadas pestañas se apoyaban suavemente sobre las inocentes mejillas; la cabeza estaba vuelta, como en un sueño natural, pero cada línea de su cara estaba marcada por esa elevada expresión sobrenatural, mezcla de éxtasis y serenidad, que demostraba que no era un sueño terrenal pasajero sino el largo reposo celestial que «Él da a sus amados».

¡No existe la muerte para alguien como tú, Eva! Ni las tinieblas ni la sombra de la muerte; sólo un desvanecimiento luminoso como el del lucero del alba ante la luz dorada del amanecer. Tuya es la victoria sin batalla, la corona sin lucha.


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