La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom St. Clare nunca había fingido someterse a ninguna obligación religiosa; y cierta nobleza de espíritu le hacía ver de forma instintiva el alcance tan tremendo de las exigencias del cristianismo que rehuía de antemano lo que consideraba serían los imperativos de su propia conciencia si se decidía a adoptarlas. Porque la naturaleza humana es tan inconsistente que considera que es mejor no emprender una cosa que emprenderla y fracasar.
Sin embargo, en muchos aspectos St. Clare era un hombre diferente. Leía la Biblia de su pequeña Eva seria y sinceramente; pensaba más serena y prácticamente en sus relaciones con los criados, de modo que se sintió extremadamente insatisfecho con su comportamiento pasado y actual; e hizo una cosa, poco después de su regreso a Nueva Orleáns, que fue emprender los pasos legales necesarios para la emancipación de Tom, que se completaría en cuanto se cumplieran las formalidades exigidas. Mientras tanto, se iba encariñando cada día más con Tom. No había otra cosa en el mundo entero que le recordase tanto a Eva; y se empeñaba en tenerlo siempre cerca y, a pesar de lo quisquilloso y esquivo que era en cuanto a sus sentimientos íntimos, con Tom casi pensaba en voz alta. Y esto no podría sorprender a nadie que hubiera visto la expresión de cariño y devoción con la que Tom seguía a su joven amo.