La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom Cuando lo preparaban para el descanso eterno, descubrieron sobre su pecho un sencillo relicario, que se abrÃa mediante un resorte. ContenÃa la miniatura de un noble y hermoso rostro femenino y, en la parte de atrás, guardado bajo un cristal, un mechón de pelo moreno. Volvieron a colocarlo sobre su pecho sin vida —¡polvo al polvo!—, un pobre recuerdo melancólico de sueños juveniles, que una vez hicieran latir tan deprisa aquel frÃo corazón.
El alma de Tom estaba repleta de la idea de la eternidad y, mientras atendÃa el cuerpo inanimado, ni una vez pensó que el golpe repentino lo habÃa dejado esclavo sin esperanzas. Se sentÃa en paz respecto a su amo, pues en aquella hora en la que elevaba sus oraciones al seno de su Padre, sintió nacer dentro de él una respuesta de sosiego y promesa. En las profundidades de su propia naturaleza afectuosa, sintió la capacidad de percibir algo de la plenitud del amor divino, porque un antiguo profeta escribió: «el que reside en el amor reside en Dios y Dios en él». Tom tenÃa esperanza y confiaba, y estaba en paz.
Pero pasó el funeral, con todo su boato y su crespón negro, y sus oraciones y sus caras solemnes; y volvieron las oleadas frÃas y sórdidas de la vida cotidiana y surgió la eterna pregunta dolorosa: «¿Qué se ha de hacer ahora?».