La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Surgió en la mente de Marie mientras, vestida con sus sueltos vestidos matutinos y rodeada de ansiosos criados, permaneció sentada en un gran sillón inspeccionando muestras de crespón y fustán. Surgió en la de la señorita Ophelia, que comenzaba a dirigir sus pensamientos hacia su casa en el norte. Surgió, con terrores silenciosos, en las mentes de los sirvientes, que conocían bien el carácter insensible y tiránico del ama, en cuyas manos habían quedado. Todos sabían muy bien que las indulgencias que habían recibido no procedían del ama sino del amo y que, ahora que él se había ido, no habría ningún escudo entre ellos y cada tiránico castigo que podía idear un temperamento agriado por el sufrimiento.
Unos quince días después del funeral, mientras estaba ocupada en su cuarto, la señorita Ophelia oyó una débil llamada a su puerta. La abrió y allí estaba Rosa, la guapa cuarterona de la que a menudo hemos hablado, con el cabello desordenado y los ojos hinchados de llorar.
—¡Ay, señorita Ophelia! —Dijo hincándose de rodillas y cogiendo la falda del vestido de ésta— por favor, ¡vaya a hablar con la señorita Marie para interceder por mí! Me va a enviar a que me azoten, ¡mire! y le entregó un papel a la señorita Ophelia.