La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom —¿Sabes, Tom, que van a vendemos a todos, salvo a unos cuantos que el ama va a llevar consigo a su regreso a la plantación de su padre? —preguntó Adolph.
—¿Cómo te has enterado? —preguntó Tom.
—Me escondí detrás de las cortinas cuando habló el ama con el abogado. Dentro de unos cuantos días, nos enviarán a la subasta, Tom.
—¡Que se haga la voluntad del Señor! —dijo Tom, cruzando los brazos y soltando un profundo suspiro.
—Nunca tendremos a un amo igual —dijo Adolph con aprensión—, pero prefiero que me vendan a arriesgarme a quedarme con el ama.
Tom se volvió, emocionado. La esperanza de la libertad y la imagen de su esposa y sus hijos tan lejanos aparecieron ante su alma paciente, como al marinero que naufraga a punto de arribar al puerto se le presenta la visión de la torre de la iglesia y los acogedores tejados de su pueblo vislumbrada por encima de una negra ola para que se despida de ellos por última vez. Juntó fuertemente los brazos sobre el pecho, reprimió las amargas lágrimas e intentó rezar. El pobre hombre había tenido tantísimas ganas de conseguir la libertad que era un duro golpe para él; y, cuanto más repetía «¡Que se haga su voluntad!», peor se sentía.
Fue en busca de la señorita Ophelia que, desde la muerte de Eva, lo trataba con una gran amabilidad respetuosa.