La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Donde se explican los sentimientos de las mercancías humanas al cambiar de dueño
Los señores Shelby se habían retirado a sus aposentos a pasar la noche. El se encontraba repantigado en una gran poltrona, revisando algunas cartas que habían llegado en el correo de la tarde, y ella estaba de pie ante el espejo, deshaciendo ella misma los complicados rizos y trenzas con los que la había peinado Eliza, porque había mandado a ésta a la cama al ver su aspecto ojeroso y su rostro pálido. Esta tarea naturalmente trajo a su mente la conversación que había sostenido con la muchacha por la mañana; volviéndose hacia su marido, dijo con indiferencia:
—Por cierto, Arthur, ¿quién era ese tipo vulgar que has plantado en nuestra mesa hoy?
—Se llama Haley —dijo Shelby, moviéndose inquieto en el sillón y sin levantar los ojos de la carta.
—Haley. ¿Quién es, y qué quería aquí, si puedo preguntártelo?
—Pues es un hombre con el que hice algunos negocios la última vez que estuve en Natchez —dijo el señor Shelby.
—¿Y por eso se sintió libre de venir aquí a cenar, como Pedro por su casa?
—No; lo invité yo. Tenía algunas cuentas pendientes con él —dijo Shelby.