La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¿Es tratante de negros? —preguntó la señora Shelby, al notar cierta turbación en la actitud de su marido.
—¿Qué te ha hecho pensar eso, querida? —preguntó Shelby, levantando la vista.
—Nada; sólo que vino Eliza después de cenar, muy agitada, llorando y gimiendo, y dijo que hablabas con un comerciante y que lo oyó hacer una oferta por su hijo. ¡Qué tonta es!
—Conque eso dijo, ¿eh? —dijo el señor Shelby, volviendo a ocuparse de su papel, lo que pareció absorber del todo su atención durante algunos momentos, sin darse cuenta de que lo llevaba boca abajo.
«Tendrá que saberse», se dijo mentalmente, «¿qué más da ahora que después?».
—Le dije a Eliza —dijo la señora Shelby, cepillándose aún el cabello— que era más tonta que tonta, y que tú no tenÃas tratos con ese tipo de personas. Claro que yo sabÃa que tú no pensabas vender a ninguno de nuestra gente, y menos a un tipo asÃ.
—Bien, Emily —dijo su marido—, eso es lo que siempre he pensado y hecho, pero el caso es que ahora no tengo más remedio por el estado de mis negocios. Tendré que vender a algunos de mis braceros.
—¿A ese individuo? ¡Imposible! Señor Shelby, no hablarás en serio.