La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¡Bah, eso son tonterÃas! —dijo Marie—. Ni siquiera una vez en cien un buen hombre cae en manos de un mal amo; la mayorÃa de los amos son buenos, por mucho que se diga. Yo he crecido y vivido aquÃ, en el sur, y nunca hasta ahora he conocido a un amo que no tratara bien a sus criados, por lo menos tan bien como se merecen. No tengo temores en ese sentido.
—Bien, pero —dijo enérgicamente la señorita Ophelia—, se que era uno de los últimos deseos de tu marido que Tom tuviera la libertad; fue una de las promesas que le hizo a la pequeña Eva en su lecho de muerte y no creo que debas sentirte libre para desatenderlo.
Ante esta súplica, Marie se cubrió el rostro con el pañuelo y comenzó a llorar y a usar su frasco de sales con gran vehemencia.