La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¡Todos se ponen contra mÃ! —dijo—. ¡Todo el mundo es tan poco considerado! Nunca hubiera imaginado que tú fueras a recordarme mis penas de esta manera. ¡Es tan poco considerado! ¡Pero nadie me tiene en cuenta, tengo unas penas tan singulares! ¡Es tan duro que, teniendo sólo una hija, me haya sido arrebatada! ¡Y que haya perdido a mi marido, que se acomodaba tan bien a mÃ, con lo difÃcil que es que a mà me vaya bien alguien! Y tú pareces estar tan poco afectada por mis desgracias que no haces más que recordármelas, cuando sabes que estoy totalmente destrozada. Supongo que no tienes mala intención, pero, ¡es muy desconsiderado, mucho! y Marie sollozó y luchaba por poder respirar y llamó a Mammy para que le abriera la ventana, le acercara la botella de alcanfor, le bañara las sienes y le soltara los corchetes. Y, durante la confusión general que se creó, la señorita Ophelia se escapó a su habitación.
Se dio cuenta enseguida de que no servirÃa de nada decir más, porque Marie tenÃa una capacidad inagotable para los ataques de histeria; y, a partir de este momento, cada vez que se aludiera a los deseos de su marido respecto de los criados, serÃa oportuno que padeciera uno. Por lo tanto, la señorita Ophelia hizo lo mejor que aún podÃa hacer por Tom: escribir una carta en su nombre a la señora Shelby, contándole sus problemas y urgiéndole a mandar una solución.