La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Al día siguiente de la llegada de la carta a Nueva Orleáns, incautaron a Susan y Emmeline y las enviaron al depósito en espera de la subasta general a la mañana siguiente; y mientras las ilumina débilmente la luz de la luna a través de la rejilla de la ventana, podemos escuchar su conversación. Lloran las dos, pero cada una lo hace con el menor ruido posible para evitar que su compañera la oiga.
—Madre, descansa la cabeza en mi regazo a ver si puedes dormir un poco —dijo la muchacha, haciendo un esfuerzo por parecer tranquila.
—No tengo ánimos para dormir, Em, ¡puede ser nuestra última noche juntas!
—¡Ay, madre, no digas eso! Quizás nos vendan juntas, ¿quién sabe?
—Si se tratara de otras personas, me imagino que me lo creería también, Em —dijo la mujer—; pero tengo tanto miedo de perderte que no veo nada más que los peligros.
—Pero, madre, el hombre dijo que éramos fáciles de vender las dos, y que pagarían bien por nosotras.