La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Una de las cargas más amargas de la suerte del esclavo es que el negro, sensible y moldeable, después de adquirir los gustos y sentimientos característicos del ambiente de una familia refinada, no tiene ninguna garantía de que no vaya a pasar a ser propiedad del hombre más soez y brutal, de la misma manera en que una silla o una mesa, que una vez adornó un espléndido salón, va a caer finalmente, rota y maltrecha, a alguna inmunda taberna o a algún vil antro de vulgar libertinaje. La gran diferencia es que la silla y la mesa no tienen sentimientos y el hombre sí; porque ni siquiera un estatuto legal que dicta que puede ser «tomado, considerado y decretado por ley como bien mueble» es capaz de borrar su alma con su propio mundo particular de recuerdos, esperanzas, amores, miedos y aspiraciones.
El señor Simon Legree, el amo de Tom, había comprado esclavos en diferentes lugares de Nueva Orleáns hasta un total de ocho, y los había conducido, esposados y de dos en dos, al barco de vapor Pirate, que se hallaba atracado en el malecón, preparado para subir el río Rojo.