La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Una vez los hubo embarcado satisfactoriamente y con el barco ya en camino, se aproximó, con el aire de eficiencia que le era habitual, a pasarles revista. Deteniéndose delante de Tom, que iba vestido para la subasta con su mejor traje de velarte, con una camisa bien almidonada y botas relucientes, le habló de la siguiente manera:
—Ponte de pie.
Tom se puso de pie.
—¡Quítate ese corbatín!
Y mientras Tom empezó a hacerlo, impedido por sus grilletes, le ayudó, arrancándolo con rudeza de su cuello y metiéndoselo en el bolsillo.
Después Legree se volvió hacia el baúl de Tom, que acababa de registrar, y sacando unos pantalones viejos y una chaqueta gastada que Tom solía ponerse para trabajar en los establos, quitó las esposas de las manos de Tom y, señalando un hueco entre las cajas, le dijo:
—Métete ahí y ponte esto.
Tom obedeció y volvió después de unos momentos.
—¡Quítate las botas! —dijo el señor Legree.
Así lo hizo Tom.