La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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—Toma —dijo aquél, lanzándole un par de los zapatos recios y bastos que solían llevar los esclavos—, ponte éstos. En su apresurado cambio de ropa, Tom no había olvidado transferir de bolsillo su querida Biblia. Hizo bien porque, tras volver a colocarle los grilletes a Tom, el señor Legree se puso a investigar deliberadamente el contenido de sus bolsillos. Sacó un pañuelo de seda y lo guardó en su propio bolsillo. Examinó varias chucherías, que Tom guardaba sobre todo porque le habían hecho gracia a Eva y, con un gruñido de desprecio, las tiró al río por encima del hombro.

Levantó y escudriñó el himnario metodista de Tom, que éste había olvidado con las prisas.

—¡Bah, beato, desde luego! Así que, como-te-llames, perteneces a la iglesia, ¿eh?

—Sí, amo —dijo Tom con firmeza.

—Pues no tardaré en quitarte esas ideas. No toleraré a ningún negro gritón, rezador o cantarín en mi casa, ¡acuérdate! Así que ten cuidado —dijo con un golpe del pie y una mirada feroz dirigida a Tom con sus ojos grises—. ¡Yo soy tu iglesia ahora! ¿Comprendes? Tienes que comportarte como yo te diga.

Alguna cosa dentro del hombre negro contestó: ¡No! y, como si las recitara una voz invisible oyó las palabras de un pergamino profético que a menudo le leyera Eva: «¡No temas! porque yo te he redimido. Te he llamado por el nombre. ¡Eres Mío!».


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