La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Pero Simon Legree no oyó ninguna voz. Él nunca oirá esa voz. Simplemente miró un instante con ira el rostro abatido de Tom y se alejó. Se llevó el baúl de Tom, que contenía un vestuario muy aseado y abundante, al castillo de proa, donde lo rodearon enseguida varios braceros del barco. Entre muchas risas a costa de los negros que pretendían ser caballeros, vendió los artículos a uno y otro, y finalmente subastó el baúl vacío. Era una buena broma, pensaron todos, especialmente ver cómo miraba Tom sus cosas al ir de un lado a otro; y después, la subasta del baúl fue lo más divertido de todo y provocó infinidad de chistes.
Después de este pequeño incidente, Simon se aproximó de nuevo a su propiedad.
—Ahora, Tom, como ves, te he desembarazado del exceso de equipaje. Cuida mucho esa ropa, pues tardarás mucho en conseguir más. Estoy a favor de que los negros seáis cuidadosos; un traje ha de durar un año en mi plantación.
Después Simon se acercó al lugar donde estaba sentada Emmeline, encadenada a otra mujer.
—Bien, querida —dijo, cogiéndole la barbilla—, manténte de buen humor.
No le pasó desapercibida la mirada involuntaria de horror, espanto y aversión que le dedicó la muchacha. Frunció el ceño con fiereza.