La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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Las mujeres contuvieron el aliento involuntariamente y toda la cuadrilla se quedó con caras abatidas y tristes. Mientras tanto, Simon se dio la vuelta y se marchó al bar del barco a tomar una copa.

—Así empiezo yo con mis negros —dijo a un hombre con aspecto de caballero que había estado cerca de él durante su discurso.

—¿De veras? —dijo el forastero, mirándolo con la curiosidad de un naturalista que estudia algún espécimen fuera de lo común.

—Ya lo creo. ¡No soy un caballero plantador con los dedos inmaculados, para que me ablande y me tome el pelo algún maldito capataz! ¡Toque usted mis nudillos y mire mi puño! Ya le digo, señor, que la carne de mi puño se ha puesto como una piedra de tanto ejercicio con los negros, ¡tóquelo!

El forastero puso sus dedos sobre la herramienta en cuestión y dijo simplemente:

—Es bastante duro; y supongo —añadió— que el ejercicio le ha endurecido el corazón de igual manera.

—Pues, podría decirse que sí —dijo Simon con una sentida carcajada—. Creo que soy tan poco blando como cualquiera. ¡Le digo que no hay quien me ablande a mí! Los negros nunca me ablandan, ni alborotando ni dándome jabón, y ésa es la verdad.

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