La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Es verdad —dijo Simon—. Ese Tom, me han dicho que es algo fuera de lo común. He pagado un precio un poco alto por él, con la idea de utilizarlo como conductor y administrador; en cuanto le haga olvidar las nociones que le han enseñado tratándolo como no se debe tratar a los negros, estará perfecto. Me han engañado en el caso de la mujer amarillenta. Creo que está enferma, pero le sacaré todo lo que vale; puede durar un año o dos. No estoy a favor de guardar a los negros. Usarlos y comprar más, ése es mi método; da menos dolores de cabeza y estoy seguro de que sale más barato a la larga —y Simon bebió un sorbo de su copa.
—¿Y cuánto suelen durar? —preguntó el forastero.
—Pues no lo sé; depende de su constitución. Los tipos fuertes duran seis o siete años; los débiles se desgastan en dos o tres. Cuando empecé, solÃa tomarme bastantes molestias preocupándome por ellos e intentando hacerles durar, llamando al médico cuando enfermaban y dándoles ropa y mantas, y cosas asÃ, para mantenerlos cómodos y bien. Pero, Señor, no servÃa para nada; perdÃa dinero con ellos y me daban mucho trabajo. Ahora, ¿sabe usted?, los utilizo de un tirón, enfermos o sanos. Cuando se muere un negro, compro otro; sale más barato y fácil, en todos los sentidos.