La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom El forastero se alejó y fue a sentarse junto a un caballero que habÃa escuchado la conversación con desasosiego contenido.
—No debe usted considerar a ese tipo como tÃpico de los plantadores del sur —dijo.
—Espero que no —dijo el caballero joven enfáticamente.
—¡Es un tipo vil, rastrero y brutal! —dijo el otro.
—Y sin embargo, sus leyes le permiten tener a todos los seres humanos que quiera sometidos a su voluntad absoluta, sin una sombra de protección siquiera; y, por rastrero que sea, usted no puede decir que no haya muchos iguales.
—Bien —dijo el otro—, también hay muchos hombres humanitarios y considerados entre los plantadores.
—De acuerdo —dijo el joven—, pero, en mi opinión, ustedes los humanitarios y considerados son los responsables de toda la brutalidad y ultrajes que infligen estos desgraciados; porque, si no fuera por su aprobación e influencia, el sistema entero no se mantendrÃa en pie ni una hora. Si no hubiera otros plantadores que del tipo de aquél —dijo, señalando con el dedo a Legree, que estaba con la espalda vuelta hacia ellos—, se hundirÃa todo el asunto como una piedra de molino. Son la respetabilidad y el humanitarismo de ustedes lo que permite y protege su brutalidad.