La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom Algunas personas no creen que haya negros piadosos, Shelby —dijo Haley, con un movimiento candoroso de la mano—, pero yo sÃ. HabÃa un tipo en este último lote que llevé a Orleáns: era como un mitin religioso oÃr rezar a ese individuo; y era bastante tranquilo y callado. Me dieron un buen precio por él también, pues lo compré barato a un hombre que tuvo que venderlo todo; asà pues gané seiscientos con él. SÃ, creo que la religión es una cosa valiosa en un negro, cuando es de verdad, he de decirlo.
—Bien, Tom tiene religión de verdad, sin duda —respondió el otro—. El otoño pasado, le dejé ir solo a Cincinnati a hacer negocios en mi lugar y me trajo a casa quinientos dólares. «Tom», le dije, «me fio de ti porque creo que eres buen cristiano y se que no me engañarÃas». Tom volvió, desde luego, como ya lo sabÃa yo. Cuentan que algunos tipos rastreros le dijeron: «Tom, ¿por qué no te largas al Canadá?» y él respondió: «El amo confÃa en mà y no podrÃa hacerlo», eso me contaron. Me da pena desprenderme de Tom, he de confesarlo. DeberÃa usted cogerle por toda la deuda, Haley; y si tuviera usted conciencia, lo harÃa.
