La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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—Ven, damita —dijo a Emmeline—. Entra tú aquí conmigo.

Durante un instante se vio un rostro oscuro y desencajado mirar por una ventana de la casa y, al abrir Legree la puerta, una voz femenina dijo algo con un tono acelerado e imperioso. Tom, que miraba con ansioso interés a Emmelme mientras entraba, se dio cuenta y oyó cómo contestaba Legree airado:

—¡Cállate! ¡Haré lo que me plazca, digas tú lo que digas! —Tom no oyó más, porque tuvo que seguir a Sambo a los barracones. Era una especie de calle de burdas chabolas puestas en fila, en una parte de la plantación alejada de la casa. Tenían un aspecto abandonado, brutal y desolado. A Tom se le cayó el alma cuando los vio. Se había estado consolando con la idea de una casita, que, aunque rudimentaria, pudiera dejar aseada y tranquila, y donde pudiera tener una repisa en la que poner su Biblia y un lugar donde estar solo después de las horas del trabajo. Se asomó a varios: eran simples cáscaras desnudas, sin muebles de ninguna clase, sólo un montón de paja sucísima, extendida de cualquier manera sobre el suelo, que no era más que la tierra endurecida por las pisadas de innumerables pies.

—¿Cuál de éstos es para mí? —preguntó dócilmente a Sambo.


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