La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom Nadie puede vivir sin ninguna relación humana, por lo que Legree animaba a sus dos satélites negros a que lo trataran con una especie de vulgar campechanerÃa, la cual, sin embargo, podÃa causarle problemas a alguno de ellos en cualquier momento, ya que cada uno estaba siempre dispuesto, a la mÃnima provocación y a la más leve señal del amo, a vengarse de su rival.
Al verlos ahà de pie junto a Legree, parecÃan una buena ilustración del hecho de que los hombres brutales son incluso más rastreros que los animales. Sus burdas y pesadas facciones oscuras, sus grandes ojos mirándose el uno al otro con envidia, su entonación bárbara, gutural y medio salvaje, sus prendas harapientas ondulando al viento: todo estaba en perfecta armonÃa con la naturaleza malsana y vil de todo lo que habÃa en aquel lugar.
—¡Eh, tú, Sambo! —dijo Legree—. Lleva a estos muchachos a los barracones; y aquà tienes a una muchacha que te he traÃdo a ti —dijo, separando la mulata de Emmeline y empujándola hacia él—. Ya sabes que prometà traerte a una.
La mujer se sobresaltó y, retrocediendo, dijo de pronto:
—¡Ay, amo, he dejado a mi viejo en Nueva Orleans!
—¿Y qué? ¿No te hará falta otro aqu� ¡No me contestes ahora, vete! —dijo Legree alzando el látigo.