La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

A última hora de la tarde, los cansados ocupantes de los barracones regresaron en tropel, hombres y mujeres, con ropas sucias y andrajosas, malhumorados e incómodos, y nada dispuestos a dar la bienvenida a los recién llegados. La pequeña aldea resonaba con ruidos poco acogedores: voces roncas y guturales discutiendo ante los molinillos manuales donde tenían que convertir en harina el trozo de duro maíz para hacer la torta que sería su única cena. Desde la primera luz de la aurora, habían estado en los campos, obligados a trabajar por los implacables látigos de los capataces; porque era el punto álgido de la temporada y no ahorraban medios para sacarle a cada uno todo lo que era capaz de dar. «Lo cierto es», dice el despreocupado holgazán, «que recoger algodón no es un trabajo duro». ¿No lo es? Y tampoco pasa nada si te cae una gota de agua sobre la cabeza; sin embargo la peor tortura de la Inquisición consiste en dejar caer gota tras gota, con invariable sucesión, sobre el mismo punto; y el trabajo, aunque no sea difícil en sí, se hace duro cuando te obligan a realizarlo hora tras hora, con una monotonía sin tregua, sin siquiera la conciencia del libre albedrío para aliviar el tedio. Tom buscó en vano entre la cuadrilla que llegaba unas caras amigables. Sólo vio a hombres hoscos, ceñudos y embrutecidos y a mujeres endebles y decaídas, o mujeres que no eran mujeres, pues las fuertes apartaban a las débiles. Vio el salvaje egoísmo ilimitado de seres humanos de los que no se esperaba ni exigía ningún bien; y quienes, al ser tratados en todos los aspectos como animales, habían caído tan cerca del nivel de los animales como es posible en un ser humano. El sonido de los molinillos se oyó hasta muy avanzada la noche, porque eran pocos para el número de usuarios, y los más agotados y débiles eran apartados por los más fuertes y eran los últimos en cenar.


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