La Cabaña del tĂo Tom
La Cabaña del tĂo Tom —¡Eh, tĂş! —dijo Sambo, acercándose a la mujer mulata y tirando una bolsa de maĂz en el suelo delante de ella—. ÂżCĂłmo demonios te llamas?
—Lucy —dijo la mujer.
—Bien, Lucy, eres mi mujer ahora. Ve a moler este maĂz y hazme la cena, Âżme oyes?
—¡Yo no soy tu mujer y no pienso serlo! —dijo la mujer con un súbito arranque de valor, producto de su desesperación—. ¡Márchate!
—¡Te pegaré una paliza si no! —dijo Sambo, levantando el pie amenazador.
—Me puedes matar si quieres. ¡Cuanto antes, mejor! ¡Ojalá estuviera muerta! —dijo ella.
—Oye, Sambo, si les consientes a los braceros, se lo contarĂ© al amo —dijo Quimbo, que estaba ocupado en el molinillo, de donde habĂa echado a dos o tres mujeres fatigadas que esperaban para moler el maĂz.
—¡Y yo le diré que tú no dejas que las mujeres se acerquen al molinillo, asqueroso negrazo! —dijo Sambo—. ¡Ocúpate de tu propia fila!
Tom estaba hambriento despuĂ©s del dĂa viajando y casi desmayado por falta de comida.
—¡Eh, tĂş! —dijo Quimbo, tirando al suelo una cruda bolsa que contenĂa una pizca de maĂz—. ¡Toma, negro, coge eso; no te va a tocar más esta semana!