La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom De repente la mujer desconocida que hemos descrito y que estaba trabajando lo bastante cerca como para oír las últimas palabras de Tom, alzó sus profundos ojos negros y los fijó en él durante un segundo; después cogió una porción de algodón de su cesta y la colocó en la de él.
—No sabes nada de este lugar —dijo— o no hubieras hecho eso. Cuando lleves un mes aquí, ya no ayudarás a nadie, pues te será bastante difícil cuidar de tu propio pellejo.
—¡El Señor no lo quiera, señora! —dijo Tom, utilizando instintivamente con su compañera de trabajo el tratamiento respetuoso propio de las personas de alto rango con las que había vivido.
—El Señor no visita estas partes —dijo amargamente la mujer, siguiendo con destreza su tarea; y una vez más la sonrisa desdeñosa se dibujó en su boca.
Pero el capataz había visto la acción de la mujer desde el otro lado del campo; se acercó a ella, chasqueando el látigo.
—¿Cómo, cómo? —dijo a la mujer con un aire de triunfo—. ¡Tú, haciendo el tonto! Vamos, ya estás bajo mis órdenes. ¡Pórtate bien o te la vas a cargar!