La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom Una mirada como un rayo salió despedida de aquellos ojos negros; dándose la vuelta, con los labios temblorosos y las aletas de la nariz dilatadas, se irguió y fijó los ojos, llameantes de furia y desprecio, en el capataz.
—¡Perro! —dilo—. ¡Tócame a mÃ, si te atreves! ¡TodavÃa tengo el poder de hacer que te destrocen los perros, que te quemen vivo, que te azoten hasta casi matarte! ¡Sólo he de decir la palabra!
—Entonces, ¿qué diablos haces aquÃ? —preguntó el hombre, evidentemente acobardado y retrocediendo hoscamente un paso o dos—. ¡No pretendÃa molestarla, señorita Cassy!
—¡Manténte a distancia, entonces! —dijo la mujer. Y verdaderamente el hombre parecÃa tener muchas ganas de atender alguna cosa al otro extremo del campo, pues se dirigió allà deprisa.
La mujer volvió de pronto a su tarea y trabajó con una pericia que asombraba totalmente a Tom. ParecÃa moverse por arte de magia. Antes de acabar el dÃa, tenÃa la cesta llena a rebosar y varias veces habÃa puesto generosos puñados en la de Tom. Mucho después del crepúsculo, todo el cansado grupo, con las cestas en las cabezas, se enfilaron hacia el edificio destinado a almacenar y pesar el algodón. Legree estaba allÃ, conversando con los dos capataces.