La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Si, amo —dijo Tom, levantando la mano para apartar la sangre que resbalaba por su cara—. Estoy dispuesto a trabajar noche y dÃa mientras me quede vida y aliento, pero no me parece bien hacer eso, amo, y nunca lo haré, nunca.
Tom tenÃa una voz extraordinariamente suave y dulce y unos modales siempre respetuosos, lo que habÃa hecho creer a Legree que serÃa cobarde y fácil de someter. Cuando dijo estas últimas palabras, un estremecimiento de asombro los sacudió a todos; la pobre mujer juntó las manos y dijo: «¡Oh, Señor!» y todos se miraban unos a otros y contuvieron el aliento como preparándose para la tormenta que habÃa de estallar.
Legree se quedó estupefacto y confuso, pero finalmente espetó:
—¡Maldita bestia negra! ¡Me dices a mà que no te parece bien hacer lo que yo te ordeno! ¿Qué derecho tenéis cualquiera de mi ganado a pensar lo que está bien? ¡No pienso tolerarlo! ¿Pero qué os creéis que sois? ¡A lo mejor te crees que eres un caballero, Tom, que puedes decir a tu amo lo que está bien y lo que no! ¡Asà que a ti te parece que está mal azotar a la muchacha!