La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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En la profundidad misma del sufrimiento físico, encorvado como estaba por la brutal opresión, a Tom esta pregunta le llenó el alma con un destello de júbilo y triunfo. Se irguió de pronto y miró gravemente al cielo, mientras se entremezclaban las lágrimas y la sangre que chorreaban por su rostro, y exclamó:

—¡No, no, no! ¡Mi alma no le pertenece, amo! ¡No la ha comprado, ni puede comprarla! Ya la ha comprado y se la guarda Uno que puede quedársela. ¡No importa, no importa, a mí no me puede usted hacer daño!

—¡Que no puedo! —dijo Legree con escarnio—. ¡Ya lo veremos, ya lo veremos! ¡Vosotros, Sambo, Quimbo, pegadle a este perro una paliza de la que no se recupere en un mes!

Los dos negros gigantescos que agarraron a Tom en ese momento con una expresión de diabólico alborozo en sus semblantes podían encarnar con bastante rigor las fuerzas de las tinieblas. La pobre mujer chillaba de aprensión y todos se levantaron, como de común acuerdo, mientras lo arrastraban fuera sin que opusiera resistencia.



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