La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —El caso es —dijo la mujer— que tú no sabes nada al respecto y yo sÃ. Llevo cinco años en este lugar, sometida cuerpo y alma bajo el pie de este hombre, ¡y lo odio por ello tanto como odio al diablo! Aquà estás, en una solitaria plantación, a diez millas de la más próxima, en mitad de los pantanos; no hay una persona blanca que pueda dar testimonio si te queman vivo, si te escaldan, te cortan en pedacitos, dejan que te coman los perros o te cuelgan y te azotan hasta matarte. Aquà no hay ley, ni de Dios ni del hombre, que te pueda ayudar a ti o a cualquiera de nosotros; y ¡este hombre! No hay nada en el mundo que no sea capaz de hacer. PodrÃa ponerle los pelos de punta a cualquiera si contara simplemente lo que he visto y conocido aquÃ… ¡y no sirve de nada resistirse! ¿QuerÃa yo convivir con él? ¿No he sido una mujer bien educada?, y él, ¡Dios mÃo!, ¿qué era y qué es? Y sin embargo, he convivido con él durante cinco años y he maldecido cada minuto de mi vida, noche y dÃa. Y ahora tiene a una nueva, una jovencita de quince años y educada, según dice, piadosamente. Su buena ama le enseñó a leer la Biblia; y ha traÃdo su Biblia… ¡que se vaya al infierno! —y la mujer soltó una carcajada alocada y lastimosa, que resonó con un eco extraño y sobrenatural por todo el viejo cobertizo ruinoso.
Tom juntó las manos; todo era oscuridad y horror.