La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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Tom le dio las gracias; y la mujer, sentándose en el suelo, encogió las rodillas, las rodeó con los brazos y se quedó mirando fijamente delante de ella, con una expresión amarga y dolorida en la cara. Su sombrero se cayó hacia atrás y largas ondas de cabello negro ciñeron su rostro singular y melancólico.

—¡Es inútil, pobre hombre! —dijo por fin—. Lo que has estado intentando hacer no sirve de nada. Has sido valiente y tenías razón; pero es imposible que luches y no sirve de nada. ¡Estás en manos del diablo; él es el más fuerte y debes rendirte!

¡Rendirse! ¿No le habían sugerido lo mismo la debilidad humana y el dolor físico? Tom se sobresaltó, porque la mujer amargada con sus ojos extraviados y su voz melancólica le parecía la personificación de la tentación contra la que había luchado.

—¡Ay, Señor, ay, Señor! —gimió—. ¿Cómo puedo rendirme?

—No sirve de nada invocar al Señor: Él nunca escucha —dijo la mujer con firmeza—. Yo creo que no existe Dios, o, si existe, se ha puesto en contra de nosotros. Todo está contra nosotros, el Cielo y la Tierra. Todo nos empuja hacia el infierno. ¿Por qué no íbamos a ir?

Tom cerró los ojos y se estremeció al oír las palabras tenebrosas y ateas.


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