La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Bebe todo lo que quieras —dijo ella—. SabÃa lo que iba a suceder. No es la primera vez que salgo por la noche para llevar agua a personas en tu estado.
—Gracias, señora —dijo Tom cuando terminó de beber.
—¡No me llames señora! ¡Soy una esclava miserable como tú, más baja de lo que tú puedas serlo nunca! —dijo con amargura—. Pero ahora —dijo, acercándose a la puerta y arrastrando un pequeño jergón, sobre el que habÃa extendido lienzos humedecidos con agua frÃa—, intenta arrastrarte hasta aquÃ, pobre hombre.
Entumecido por sus heridas y sus magulladuras, Tom tardó mucho en llevar a cabo esta acción; pero, una vez la hubo realizado, sintió un gran alivio gracias al efecto refrescante sobre sus lesiones.
La mujer, conocedora de muchas artes curativas gracias a su larga práctica con las vÃctimas de la brutalidad, continuó aplicando remedios a las heridas de Tom, lo que le proporcionó bastante alivio.
—Ahora —dijo la mujer, después de apoyar la cabeza de Tom sobre un rollo de algodón de desecho que hacÃa las veces de almohada—, eso es lo mejor que puedo hacer por ti.