La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom La mujer dirigió a Tom una mirada sobresaltada como si acabara de ocurrÃrsele un nuevo pensamiento; después, con un fuerte gemido, dijo:
—¡Dios tenga piedad de nosotros! Lo que dices es verdad. ¡Ay, ay, ay! —y cayó al suelo gimiendo, como una persona retorciéndose bajo el peso aplastante de la angustia mental.
Siguió un rato de silencio, durante el que se oÃa la respiración de ambas personas, y después dijo Tom con voz débil:
—¡Ay, por favor, señora!
La mujer se levantó de repente con su habitual expresión decidida y melancólica en el rostro.
—Por favor, señora, los vi arrojar mi chaqueta en ese rincón, y mi Biblia está en el bolsillo; si la señora me hace el favor de traérmela.
Cassy fue a por ella. Tom la abrió inmediatamente en un pasaje fuertemente señalado y muy gastado, sobre las últimas escenas de la vida de Aquél cuyas heridas nos salvan a nosotros.
—Si la señora tiene la bondad de leer esto, es mejor que el agua.