La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom »Me rendí, pues tenía las manos atadas. Él tenía a mis hijos; cada vez que me enfrentaba a él, hablaba de venderlos y conseguía tenerme todo lo sumisa que podía desear. ¡Qué vida aquélla! Vivía con el corazón roto, ¡día tras día, seguir amando y amando, cuando no servía de nada, y estar ligada en cuerpo y alma a uno al que odiaba! Me solía encantar leer para Henry, tocar para él, bailar con él y cantar para él; pero todo lo que hacía para éste era un absoluto engorro, pero tenía miedo de negarle nada. Era muy dominante y brusco con los niños. Elise era tímida y poca cosa, pero Henry era arrojado y fogoso como su padre y nadie lo había sometido lo más mínimo. Siempre lo censuraba y le reñía, y yo pasaba los días asustada y aterrorizada. Intentaba hacer que el muchacho le mostrara respeto; intentaba mantenerlos separados, porque me aferraba a aquellos niños con todas mis fuerzas, pero no sirvió de nada. Vendió a los dos niños. Me llevó de paseo un día y, cuando regresé a casa, ¡ellos no estaban! Me dijo que los había vendido; me enseñó el dinero, el precio de su sangre. Entonces fue como si me abandonase la razón. Maldecía y bramaba, maldije a Dios y al hombre y, durante algún tiempo, creo que me tenía miedo. Pero no se rindió así como así. Me dijo que había vendido a los niños pero el que yo volviera o no a ver sus caras dependía de él; y que, si no me callaba, ellos pagarían. Bien, puedes hacer cualquier cosa con una mujer si tienes a sus hijos. Me hizo someterme; me hizo pacífica; me ilusionaba con esperanzas de que quizás los volviese a comprar; y así fueron pasando los días durante una semana o dos. Un día había salido de paseo y pasé delante del calabozo; vi una muchedumbre reunida en torno a la puerta y oí la voz de un niño; de repente mi Henry se escapó de las garras de dos o tres hombres que lo sujetaban y vino corriendo y chillando a cogerse de mis faldas. Ellos se acercaron, maldiciendo de forma terrible; y un hombre, cuya cara nunca olvidaré, le dijo que así no se iba a escapar, que lo iba a acompañar dentro del calabozo donde aprendería una lección que jamás iba a olvidar. Intenté rogarle y suplicarle; ellos se rieron; el pobre niño chillaba, me miraba a la cara y se agarraba a mí hasta que, al apartarlo de allí, me arrancaron la mitad de la falda y se lo llevaron dentro gritando «¡Madre, madre, madre!». Un hombre de los que había allí parecía tenerme lástima. Le ofrecí todo el dinero que tenía si intervenía. Negó con la cabeza, diciendo que el niño había sido impertinente y desobediente desde que lo compró; y que lo iba a domesticar de una vez por todas. Me di la vuelta y salí corriendo, y me pareció oírlo gritar a cada paso del camino. Llegué a la casa sin aliento y corrí al salón, donde se encontraba Butler. Se lo conté y le rogué que fuera a intervenir. Sólo se rió y me dijo que el niño se llevaba su merecido. Tenían que domarlo, tarde o temprano y «¿qué me esperaba yo?».