La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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El salón de la casa de Legree era una habitación larga y ancha con una gran chimenea. Una vez había estado decorado con un papel caro y vistoso, que ahora caía en jirones mohosos de las húmedas paredes. El lugar tenía ese peculiar olor insalubre y nauseabundo causado por una mezcla de humedad, mugre y podredumbre, que a menudo se nota en las viejas casas abandonadas. El papel de la pared también estaba manchado de salpicaduras de cerveza y vino o engalanado con apuntes y largas sumas escritos con tiza, como si alguien se hubiera dedicado a hacer ejercicios de aritmética. En el hogar había un brasero lleno de carbón candente, porque, aunque no hacía frío, las tardes eran siempre húmedas y frescas en aquel gran aposento y además Legree lo quería para poder encenderse los cigarros y calentar el agua para el ponche. El fulgor rojizo de las brasas iluminaba el aspecto confuso y desordenado de la habitación: sillas de montar, bridas, varias clases de arnés, fustas de montar, abrigos y diferentes prendas de vestir yacían caóticamente dispersos por todo el salón; y los perros, de los que hemos hablado anteriormente, se habían instalado a sus anchas donde mejor les había parecido entre ellos.

Legree se está preparando un vaso de ponche en este momento, vertiendo el agua caliente de una jarra agrietada y sin pitorro y refunfuñando al mismo tiempo:


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