La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom —Una cosa que los negros sacan a las brujas. Evita que sufran cuando los azotan. El lo llevaba atado al cuello con una cuerda negra.
Legree, como la mayoría de los hombres crueles y descreídos, era supersticioso. Cogió el papel y lo desdobló con cautela.
Salieron a la luz un dólar de plata y un largo y lustroso rizo de cabello rubio, que se enredó entre los dedos de Legree como si tuviera vida propia.
—¡Maldita sea! —gritó, con saña repentina, pataleando y tirando furiosamente del cabello como si le quemase—. ¿De dónde ha salido esto? ¡Quítamelo! ¡Quémalo, quémalo! —aullaba, arrancándoselo y tirándolo sobre las ascuas—. ¿Por qué me has traído eso?
Sambo se quedó con la pesada boca abierta de par en par, estupefacto de asombro; y Cassy, que estaba disponiéndose a salir de la habitación, se detuvo y lo miró con total incredulidad.
—¡No me traigas más de esas cosas vuestras endemoniadas! —dijo, amenazando con el puño a Sambo, que se retiró apresuradamente hasta la puerta; y, cogiendo el dólar de plata, lo lanzó a través del cristal de la ventana a la oscuridad de fuera.
Sambo se alegró de marcharse de allí. Cuando se hubo ido, Legree parecía estar un poco avergonzado de su sobresalto. Se sentó con terquedad en su sillón y se puso a sorber taciturno su vaso de ponche.