La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom ¡Ay, Legree, ese mechón de oro estaba embrujado verdaderamente; cada cabello tenÃa un hechizo de terror y remordimiento para ti, y los utilizó un poder más fuerte para atarte las manos crueles y evitar que infligieras la maldad más terrible a los desvalidos!
—¡Eh! —dijo Legree, pataleando y silbando a los perros—. ¡Despertaos vosotros y hacedme compañÃa! —pero los perros sólo abrieron un ojo somnoliento para mirarlo y lo volvieron a cerrar.
«Traeré a Sambo y a Quimbo aquà para que canten y bailen uno de sus bailes del infierno y espanten estas horribles ideas», dijo Legree; y, poniéndose el sombrero, salió al porche e hizo sonar el cuerno con el que solÃa llamar a sus dos capataces negros.
Cuando se hallaba de humor festivo, Legree acostumbraba a convocar a estos dos caballeros a su salón y, después de calentarlos con whisky, se divertÃa haciéndoles cantar, bailar o pelear, según su talante.
Era entre la una y las dos de la madrugada cuando regresaba Cassy de socorrer al pobre Tom y oyó el sonido de alocados gritos, alaridos y cantos provenientes del salón, mezclados con los ladridos de los perros y otros sÃntomas de alboroto general.
Subió los escalones del porche y miró adentro. Legree y los dos supervisores, muy borrachos, cantaban, voceaban, derribaban sillas e intercambiaban toda clase de horrendas y ridÃculas muecas.