La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¡Maldita sea la muchacha! —dijo Legree—. La voy a estrangular. ¡Em, Em! —gritó con fiereza; pero sólo le respondió el eco burlón desde los muros. La dulce voz siguió cantando:
¡Los padres y los hijos se separarán allÃ!
¡Los padres y los hijos se separarán allÃ,
y no se verán jamás!
Y el estribillo resonó claro y fuerte en las habitaciones vacÃas:
¡Oh, habrá llanto, llanto, llanto,
Oh habrá llanto en el trono del juicio de Cristo!
Legree se detuvo. Le habrÃa dado vergüenza reconocerlo, pero grandes gotas de sudor le resbalaban por la frente y el corazón le latÃa pesada y temerosamente; incluso creyó ver algo blanco elevarse y helar en la oscuridad delante de sus ojos y le horrorizaba pensar qué harÃa si la figura de su difunta madre fuera a aparecer de pronto ante él.
«Una cosa está clara», se dijo al volver dando traspiés para sentarse en el salón; «¡dejaré en paz a ese hombre después de esto! ¿Por qué he tenido que fisgar en su maldito papel? ¡Desde luego, creo que estoy embrujado! ¡No hago más que temblar y sudar desde entonces! ¿De dónde sacarÃa ese pelo? ¡No podÃa serlo… yo quemé aquello, estoy seguro! ¡SerÃa una buena broma si el cabello pudiera volver del más allá!».