La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom «¡Maldita sea!» dijo Legree para sí al beber su licor. «¿De dónde habrá sacado eso? Si no se pareciera tanto a… ¡vaya! creía haber olvidado aquello. ¡Que me condenen si creo que es posible olvidar alguna cosa, maldita sea! ¡Me siento solo! Voy a llamar a Em. Me odia, ¡la muy díscola! No me importa, ¡la obligaré a venir!».
Legree salió a un gran recibidor que daba a una escalera, antaño magnífica, que describía una amplia curva; pero el corredor estaba sucio y melancólico, lleno de cajas y desperdicios. La escalera, sin alfombra, parecía conducir a oscuras a no se sabía dónde. La pálida luz de la luna entraba a través del montante roto de encima de la puerta; el aire era insalubre y gélido, como el de una cripta.
Legree paró al pie de la escalera y escuchó una voz que cantaba. Le pareció extraña y fantasmal en aquella vieja casa lúgubre, quizás por el estado alterado de sus nervios. ¡Escuchad! ¿Qué es?
Una voz patética y salvaje entonaba un himno popular entre los esclavos:
Oh, habrá llanto, llanto, llanto,
oh, habrá llanto en el trono del juicio de Cristo.