La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Existe una profana y aterradora necromancia del mal que convierte las cosas más dulces y sagradas en fantasmas de horror y espanto. Aquella pálida y amante madre con sus últimas plegarias y su amor misericordioso sólo estimuló una sentencia condenatoria en ese corazón pecaminoso, junto con una terrible búsqueda de juicio y una fiera indignación. Legree quemó el mechón de cabello y quemó la carta, y, cuando los vio chisporrotear y sisear en el fuego, se estremeció pensando en el fuego eterno. Intentó borrar el recuerdo con la bebida, la juerga y la blasfemia; pero a menudo, en la profundidad de la noche, cuando la quietud solemne incita al alma en pena a comunicarse consigo misma, había visto a su pálida madre alzarse junto a su cama y había sentido enroscarse el suave cabello en sus dedos hasta que el sudor frío caía a chorro por su rostro y saltaba espantado de la cama. Los que os habéis maravillado al leer, en el evangelio mismo, que Dios es amor y que Dios es un fuego que consume, ¿no veis que, para un alma resuelta a hacer el mal, el amor perfecto es el peor tormento, el sello y la sentencia de la más absoluta desesperación?