La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Y óyeme —dijo Tom—, tenemos asociados en Sandusky que vigilan los barcos por nosotros. Ahora no me importa contarlo. Espero que se escapen, aunque sólo sea para fastidiar a Marks, ¡condenado perro, maldita sea su estampa!
—¡Thomas! —dijo Dorcas.
—Te digo, abuela, que si me atas demasiado corto, reventaré —dijo Tom—. Pero en cuanto a la muchacha: diles que la vistan de otra forma para cambiarle de aspecto. Han publicado su descripción en Sandusky.
—Nos encargaremos de ese asunto —dijo Dorcas con su habitual compostura.
Como nos vamos a despedir aquà de Tom Loker, diremos que, después de pasar tres semanas en casa de los cuáqueros, postrado con fiebres reumáticas además de sus otros males, Tom se levantó de la cama algo más triste y más sabio; y, en lugar de atrapar a esclavos, se instaló en una de las nuevas colonias, donde dedicó sus talentos con mejor fortuna a la caza de osos, lobos y otros habitantes del bosque, actividad que le valió una gran reputación en toda la zona. Tom siempre habló de los cuáqueros con respeto.
—Buena gente —solÃa decir—; quisieron convertirme, pero no lo consiguieron. Pero te diré, forastero, cuidan de maravilla a los enfermos, y ésa es la pura verdad. Hacen los mejores caldos y chucherÃas del mundo.