La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Debo pedirte, Thomas, que no utilices semejante lenguaje —dijo la tÃa Dorcas, arreglando tranquilamente la cama.
—Pues no lo utilizaré, abuela, si puedo evitarlo —dijo Tom—; pero hace tanto maldito calor que es difÃcil no renegar.
Dorcas quitó una colcha y volvió a ordenar la ropa de cama, que remetió hasta conseguir que Tom pareciera una especie de crisálida, comentando al mismo tiempo:
—Me gustarÃa, amigo, que dejaras de jurar y blasfemar y enmendaras tus modales.
—¿Por qué demonios —preguntó Tom— iba a pensar en mis modales? Es lo último en lo que quisiera pensar, ¡maldita sea!
Y Tom se sacudió, revolviendo y desordenando la cama, dejándola toda de una forma espantosa de contemplar.
—Ese tipo y esa muchacha están aquÃ, supongo —dijo él hoscamente tras una pausa.
—Asà es —dijo Dorcas.
—Más vale que se larguen al lago —dijo Tom—; cuanto antes, mejor.
—Probablemente lo hagan —dijo la tÃa Dorcas, tejiendo serenamente.