La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Mucho antes de que se le hubieran curado las heridas, Legree insistió en que se le destinara al trabajo regular en el campo; así siguieron días y días de dolor y cansancio, agravados por todas las clases de injusticias y humillaciones que era capaz de inventar la malquerencia de una mente rastrera y maliciosa. Cualquiera que, en nuestras circunstancias, haya experimentado el dolor, incluso con todos los paliativos que, para nosotros, suelen acompañarlo, debe conocer la exasperación que conlleva. A Tom ya no le sorprendía la hosquedad habitual de sus compañeros; al contrario, descubrió que el temperamento plácido y optimista que había tenido toda la vida era violentado y sufría incursiones del mismo talante. Se había complacido leyendo la Biblia en sus momentos de ocio, pero aquí no existía el ocio. En plena temporada, Legree no dudaba en explotar a todos sus braceros, tanto el domingo como los días laborables. ¿Por qué no iba a hacerlo? Así sacaba más algodón y podía ganar su apuesta; y si se echaban a perder unos cuantos trabajadores, podía comprar otros mejores. Al principio, Tom solía leer un versículo o dos de la Biblia, a la luz del fuego, después de regresar del tráfago cotidiano; pero después del cruel castigo que le aplicaron, volvía a casa tan agotado que la cabeza le daba vueltas y los ojos le fallaban cuando intentaba leer, por lo que se contentaba tumbándose con los demás, totalmente extenuado.