La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Una tarde estaba sentado, totalmente postrado y abatido, junto a unas brasas agonizantes sobre las que asaba su cena. Puso unas cuantas ramas secas en el fuego e intentó avivarlo, y después sacó del bolsillo su gastada Biblia. Allí estaban todos los pasajes marcados que le habían emocionado el alma tantas veces, palabras de patriarcas y visionarios, de poetas y sabios, que desde tiempos remotos habían infundido valor al hombre, voces de entre la gran masa de testigos que nos rodean en la carrera de la vida. ¿La palabra había perdido su poder o el ojo nublado y los sentidos agotados ya no podían responder al estímulo de esa poderosa inspiración? Con un hondo suspiro, lo guardó de nuevo en el bolsillo. Una vulgar risotada lo sorprendió; levantó la vista: Legree estaba de pie frente a él.
—Bien, viejo —dijo—, ¡parece que tu religión ya no te sirve! ¡Ya me parecía que te haría entrar eso en tu dura cabeza!
La cruel burla era peor que el hambre y el frío y la desnudez. Tom permaneció en silencio.