La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Has sido idiota —dijo Legree— porque yo pensaba tratarte bien cuando te compré. PodÃas haber estado mejor que Sambo o Quimbo y haber vivido tranquilo; y, sin que te azotaran y pegaran cada dos por tres, podÃas haber tenido la libertad de mandar en los demás y azotar a los demás negros; y de vez en cuando podÃas haber tomado un buen vaso caliente de ponche de whisky. Vamos, Tom, ¿no crees que te conviene ser razonable? ¡Tira ese montón de basura al fuego y únete a mi iglesia!
—¡El Señor no lo quiera! —dijo Tom con fervor.
—¿No ves que el Señor no va a ayudarte? Si lo hubiera hecho, ¡no habrÃa permitido que yo te echara mano! Esta religión es un montón de oropeles engañosos, Tom. Yo lo sé todo. Harás mejor aferrándote a mÃ. ¡Yo soy alguien y puedo hacer algo!
—No, amo —dijo Tom—, seguiré adelante. El Señor puede ayudarme o no, pero me aferraré a Él y creeré en Él hasta el final.
—¡Peor para ti! —dijo Legree, escupiéndole con desprecio y dándole un puntapié—. No importa. Yo te perseguiré y te someteré, ¡ya lo verás! —y Legree se dio la vuelta y se marchó.