La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom A partir de este momento, una esfera inviolable de paz rodeo el humilde corazón del oprimido, que el omnipresente Salvador consagró como templo. Ya había pasado la sangría de las penas mundanales; ya habían pasado las oscilaciones de esperanza, miedo y deseo; la voluntad humana, que durante largos años se había doblegado, sangrado y luchado, se fundía ahora con la voluntad divina. El viaje restante de la vida le parecía ya tan corto, la bendición eterna le parecía tan cercana y tan vívida que las peores pesadumbres de la vida caían sobre él sin herirle.
Todos se dieron cuenta del cambio en su aspecto. Pareció recuperar el buen humor y la agudeza e infundirse de una serenidad que ni los insultos ni los agravios eran capaces de turbar.
—¿Qué diablos le ha pasado a Tom? —preguntó Legree a Sambo—. Hace poco estaba todo abatido y ahora está tan animoso como un grillo.
—No lo sé, amo; a lo mejor va a escaparse.
—Nos gustaría ver cómo lo intenta —dijo Legree, con una mueca brutal— ¿verdad, Sambo?