La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¡Ya lo creo! ¡Ja, ja, ja! —dijo el gnomo negruzco con una risotada servil—. ¡Señor, qué divertido! ¡Verlo atrapado en el barro… corriendo y saltando por la maleza con los perros destrozándolo! ¡Señor, creà reventar de risa aquella vez que cogimos a Molly! Pensé que la iban a despellejar viva antes de que pudiera quitárselos de encima. TodavÃa lleva las huellas de aquella aventura.
—Y las llevará hasta la tumba —dijo Legree—. Pero tú, Sambo, espabÃlate. Si el negro está pensando en algo asÃ, échale la zancadilla.
—Amo, puedes confiar en mà —dijo Sambo—. Ataré el mapache al árbol. ¡Jo, jo, jo!
Esta conversación tuvo lugar cuando Legree montaba en su caballo para irse al pueblo cercano. Aquella noche, al regresar, decidió dar una vuelta por los barracones a caballo para ver si todo estaba en orden.
Era una magnÃfica noche iluminada por la luna; las sombras de los elegantes árboles del paraÃso se dibujaban minuciosamente en el césped y el aire tenÃa tal serenidad transparente que parecÃa un pecado conturbarla. Legree estaba a alguna distancia de los barracones cuando oyó la voz de alguien que cantaba:
Cuando pueda leer la escritura
de mis mansiones en el cielo,
me despediré de mis temores
y me enjugaré los ojos.